Un día de caza en Misiones


Gonzalo Chaves y Gabriel Esquerra


Estuvimos toda la tarde hablando de la jornada de caza organizada para el otro día. Los convocados éramos tres, un corpulento hijo de inmigrantes nacido en la tierra colorada, al que todos conocen como el Polaco Demetrio, conocedor del monte como el que más y los que suscribimos la nota. Madrugamos, todavía la noche no había cedido un ápice al día. Cargamos los bultos con la provista, un taper repleto de reviro, una hogaza de pan casero, un bidón de agua para aplacar la sed del cuerpo y una botella de caña paraguaya Aristócrata para la sed del alma. Tomamos las armas y partimos. Los pertrechos bélicos consistían en una vieja escopeta de un tiro con posta del nueve, un revólver Colt Caballito calibre 38 de seis luces y un rifle Winchester modelo G-22 SL.ORL.P.


Bordeamos el arroyo Piray Miní y después de caminar una hora nos internamos en la espesura del monte. El sol comenzaba a filtrarse por el entramado del follaje. Anduvimos un largo trecho siguiendo un trillo hasta desembocar en un claro donde hicimos un alto. Ibamos en busca del rastro del Mborebí animal muy preciado por los cazadores. Dimos con sus huellas, cuatro dedos en las patas delanteras y tres en las de atrás. Perdimos el rastro, desistimos del Mborebí, en cambio logramos cazar otras buenas presas y satisfechos decidimos regresar.


El misterio del monte a las dos de la tarde estaba en su esplendor. Demetrio tomó por una picada seguro del rumbo. Después de caminar más de dos horas comenzamos a percibir que algo no andaba bien. El Polaco en dos oportunidades miró hacia atrás desconfiado. Con Gabriel cruzamos una mirada pero no dijimos nada. Seguimos caminando, en un claro nos detuvimos. Demetrio nos confesó que tenía dudas de que fuéramos por buen camino. Cambiamos de rumbo. Durante la marcha vi que Gabriel también se daba vuelta y picado por la curiosidad hice lo mismo. Noté pasar algo detrás de nosotros como una pequeña ráfaga de viento que perturbó la quietud del monte. Ahora teníamos la sensación de que alguien nos seguía. Gabriel contó que a él le pareció ver algo, como el vuelo de una mariposa que aparecía y desaparecía. Cambiamos la dirección de la marcha en dos oportunidades más. Queríamos avanzar pero el monte se cerraba ante nosotros. En un momento el Polaco detuvo el andar, dejó la mochila en el suelo y se sentó, con una seguridad que no daba para contradecirlo dijo:


- Nos perdimos, el Yasí Yateré está brincando con nosotros. Perder a los cazadores en el monte es uno de sus juegos favoritos. No hay vuelta que darle, tenemos que hacer noche aquí y esperar que despunte el día para reemprender el regreso.


Mientras nosotros preparamos unos camastros para dormir, Demetrio salió en procura de un panal de avispas. Volvió con lo buscado y le extrajo la miel, la colocó en un recipiente y en un sitio alejado del improvisado campamento lo dejó sobre un tronco, volcó un poco de caña sobre el suelo y volvió con nosotros. Nos sentamos, la botella de Aristócrata pasó de en mano en mano. No pudimos más y le preguntamos:


- Polaco ¿Vos lo viste al Yasí Yateré?


- Es huidizo – respondió- se esconde permanentemente, pero por las señales no hay duda que ronda nuestra marcha.


- ¿Como es?


- Dicen que es pequeño, no es un niño, tampoco un hombre (ya nos había pasado otras veces, cuando la gente del lugar describe al Yasí Yateré lo pone en boca de otro como tomando distancia del relato). Es rubio, muy rubio, de ojos celeste dicen algunos. Lleva un bastoncito, se supone de oro y a veces usa un sombrero reclinado, lo que hace difícil precisar su rostro. Lo que más le gusta es la miel silvestre. Hay un pájaro que en su canto repite Yasí Yateré. Las madres reprenden a sus hijos que quieren remedarlo, porque con ese canto cautiva a los niños y los pierde en el monte. Encanta con preferencia a las niñas, si son rubias con más razón.


Cansados comimos algo y nos echamos a dormir. Nos levantamos temprano, cargamos los pertrechos y decididos emprendimos el regreso, el monte se abrió ante nosotros señalando una picada que nos condujo de vuelta a la chacra. La ofrenda de miel y caña había operado con eficacia.


Municipio de Victoria, Argentina, 29 de enero de 2004

 

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